Textos

En tu día. María Gómez. Nebliplateada. 2019.

Tamara Domenech es un enigma para el mundo, un bello secreto. Una escritora que vive en una ciudad convulsionada y escribe, una tras otra, casi sin parar, en un acto de fe, miles de novelitas ambientadas en la modernidad. Después las abandona en el baúl de su computadora. ¡Ojalá todos dedicáramos nuestro tiempo a hacer cosas así! Virginia Wolf, Van Gogh, Salvadora Medina Onrubia, gastaron buena parte de su tiempo creando en soledad y silencio, como Tamara. Ahora que lo pienso, quizás muchas de estas obras estén destinadas a una hermosa privacidad.

En tu día es una buena muestra del estilo y del mundo que Tamara desarrolla en su escritura desde hace años. Un relato que nos conduce por los mil vericuetos de la imaginación cuando la protagonista se propone festejar el cumpleaños de Nene. ¿Un botón de placenta? ¿Una ropa del futuro que puede ser usada por animales, plantas o cosas? ¿un salón de fiestas misterioso que alberga restos de otros reinos minerales? Por todos esos lugares delirantes nos conduce la autora, mientras se aleja o se acerca a ese destino que persigue con todo el amor del mundo, reconciliarse con la madre que es. ¿Lo logrará?

La escuela, el castillo. El Ojo del Mármol. 2018.

Cuando leí Recolección, de Tamara Domenech, me asombró y me refrescó saber que alguien podía transformar su rutina en la búsqueda del tesoro. Ella encontraba obras de arte por la calle y les escribía un poema a esos descubrimientos. Ahora, otra vez, con su libro señala la magia del mundo. En la puerta del colegio, Tamara ve una comunidad amorosa. Con las voces de las madres compone poemas de una verdad lúcida, dolorosa y llena de amor, y usa el corte del verso y la puntuación para hacernos estar ahí, en la charla compartida y continua, en la confesión que estalla de pronto. Pero no sólo estar ahí, en cada madre y su historia de criar y trabajar. Estar ahí: en el oído que sabe escuchar tanto y tan bien, que parece que el mundo también está dispuesto a escucharnos y comprendernos.  

Gabriela Bejerman

Para entrar a La escuela, el castillo hace falta reconocerse en el otro, cuidar, saberse los nombres.  Aquí  hay lugar para quedarse a vivir, hay tibiezas. Si tuviera que salir de este libro no sabría cómo hacerlo, acaso la contraseña sea: madres que se unen frente a un mundo de infancias puertas adentro…

Paz Garberoglio

 

Al leer estos poemas de Tamara, en los que las voces de otras mujeres se mezclan con la suya y dan cuenta de un día, de un sueño, de un hijx, de un deseo, de una lucha, de un cuestionamiento, no puedo dejar de recordar esa brutalidad adrede de Pasolini en Who is Me / Poeta de las cenizas, esa voluntad de hablarnos evitando ser poético porque “Las acciones de la vida solo serán comunicadas, y serán ellas, la poesía, porque, te repito, no hay más poesía que la acción real”. Ese programa ético y estético que se rebela contra cualquier forma de comodidad, ese tipo de literatura encuentro en este libro, que más que conmoverme me invita a moverme, a buscar una dirección hacia dónde, a convocar a otrxs para hacerlo.

Noelia Rivero

 

¿Puede un diario no ser íntimo? ¿Puede un centenar de voces hablar como si fuera una? ¿Puede una escuela pública devenir castillo? Tamara cree que el arte es convertir y que "la boca es un cantero por donde nace el idioma". Entonces convierte charlas urgentes y lazos comunitarios en materia para su escritura. Llena los huecos con palabras donde no las hay, porque las prefiere. Y emula un habla, polifónica y transparente. Si te gusta que leer se parezca a que te conversen, La escuela, el castillo es para vos. Un diario estrafalario que narra a partir de un colorido de voces, las que Tamara elige para contar sus días y así las historias de vida, las posibilidades y la fuerza de una comunidad.

Noe Vera

Este libro de poemas es lo más impactante que leí en el último tiempo. Es un tesoro. Su autora, la salida de la escuela de sus hijos y más de 200 poemas que retratan a las mujeres que esperan junto a ella a que salgan los chicos. Familias, casas, costumbres. Tamara Domenech lo hace con soltura, agudeza y sin moral. Esto último lo digo como una virtud: sin juzgar. Retrata. No edulcora. No dramatiza. Una sociología de la intimidad hecha poesía, que es lo mismo que decir hecha pregunta. 

Gabriela Larralde

Dije. En cadena invisible penden voces. Liliana Ponce. 2017.

La poesía japonesa (y tal vez la de otras lenguas que desconozco) hace de la homofonía un recurso fundamental, y así sólo la escritura, con qué signos (kanji) el poeta usa en su poema, define el sentido primero, pero no el único posible. La ambigüedad de los significados, entonces, abre caminos –casi encrucijadas–, para el lector.

Tomando justamente esos caminos desde su título, escribo estas líneas sobre el libro de Tamara Domenech: el primero es el que toma la palabra “dije” en tanto sustantivo, y señala cada texto-poema como un objeto o joya, esa que se cuelga en un collar o una pulsera, que se lleva, se ostenta, se guarda. El segundo sentido es el que se sitúa en enunciado del verbo “decir”, y hace de los textos un discurso del yo, enfático y afirmativo.

 

Los poemas-dijes, como simbólicas alhajas, tienen por título una sola palabra que los enhebra en la guirnalda –el libro total–, audazmente organizada por orden alfabético. De este modo, estos indicios o marcadores posibilitan, sin dependencia, focos diversos y heterogéneos. A veces, es elección de lo abstracto –amistad, amor, arte, escritura, futuro, infancia, juventud, maternidad. Otras, parecieran sujetar cierta materialidad, como vino, cigarrillo, o lugares, como Buenos Aires y La Plata. Pero esta división temática, no debe eludir ir hacia esos textos de modo perceptivo y  alerta a los recursos de una poética que irrumpe con cuadros en rompecabezas. Tamara Domenech avanza y avanza, dando pasos por encima del discurso explicativo: allí están los versos breves y veloces que requieren, sin embargo, lectura paciente, la que puede detener y recortar significados insertos en colores, sonidos y formas.

 

En segundo lugar me refiero al “dije” que presiona el verbosinónimo del habla y genera una organización de la línea sin puntuación ni mayúsculas, y casi siempre sin conectores. Así los poemas fluyen alrededor de un tema, con predominio del plano descriptivo y con relativa elusión del sujeto. Cada texto es un decir que se posiciona cuestionando, apelando a la trama del pequeño universo que nos sostiene, y lo hace desde el yo poético y desde una hermandad con lo humano. Se resguardan en su título, que no articula lo obvio –son construcciones que producen series de imágenes oblicuas: bellas y serenas, o crueles y ensombrecidas, que después de iniciarse, culminan en interrogante silencio.

A modo de ejemplos, aquí algunos fragmentos de Dije:

 

No estoy atada a la casa / ventana / borde gris que deforma un pájaro / convirtiéndome en alguien que pide / un libro encantado / que le pase algo a la noche / y retumbe / hasta transformar un ruido en un acontecimiento / mitad mentira / mitad real (Buenos Aires)

 

Retumban las vocales de un llamado / desde abajo hacia arriba / hay una habitación paladar

cueva que registra las palabras que nombré / algunas no me nombraron (Comida)

 

hombres que llevan y tiran comida / con mamelucos y barbijos blancos / sus bocas siempre ocultas / qué palabras dirán si alguien les pide / paloma / horqueta / pupitre / palabras salvajes / las ruedas de los carros que transportan dejan marcas en el piso / ellos acompañan mi mano que escribe. (Escritura)

 

Alrededor de una mesa / abuela / madre / tía / hermana / prima / hija / se avalanchan hacia el centro / hasta encontrarse con un animal que las araña / astillas de madera descascaran el esmalte de sus uñas / rosas / transparentes / rojas / a borbotones / sacuden un agujero del que no sale ni saliva ni agua (Mujeres)

 

No obstante, elegir una cita o un fragmento da una perspectiva de parcialidad más acentuada que en otro tipo de poéticas. Porque cada poema necesita su círculo completo, el recorrido que va estableciendo cada uno de sus trazos.

El poeta norteamericano Charles Olson, en su visionario ensayo sobre el verso proyectivo, esboza un programa poético para entender el poema en la misteriosa fusión de sonido y significado, y para eso, afirma, el poeta necesita la línea abierta y libre en la construcción del verso. Olson enfatiza dos ejes fundamentales del proceso creativo: la energía y la respiración –de algún modo, la energía nos conecta con el sentido del poema; la respiración, con su ritmo. Creo que debemos apresar en Dije esa energía, origen y expresión de los significados. Y debemos apresar también la respiración de sus textos, expuestos en sus recursos sonoros, sean enfáticos o sutiles, como en estos ejemplos:

 

los caminos de una arruga / de la frente hacia la sien / nuca de los vencidos / nunca de los vencidos / se da vuelta la palabra invocación / y convocante. (Futuro)

 

Chicos enchufados / cuerpos eléctricos / sonido oxígeno / telepático / mamá también necesita mimos / salir de una telaraña ermitaña / inclasificable / consumo comentario (Tecnología)

 

La poesía, se ubique donde se ubique estéticamente, siempre nos compromete en la política propia del lenguaje. La política del lenguaje y de la poesía no se expone con temas, no se arrincona con la denotación –está en la práctica libre del lenguaje. Charles Bernstein decía que “El poder político de la poesía no se mide en números, nos instruye a contar diferente”: desviarnos de la autoridad de la lengua, de sus cánones, es un modo posible de ejercer el poder de modificar el mundo.

Y en la misma línea de reflexión pero atendiendo a los receptores, la poeta canadiense Nicole Brossard afirma: “No es en la escritura donde un texto poético es político, es en la lectura donde se convierte en político”. Porque no debemos olvidar que la producción del sentido se da con la otra cara del proceso creativo: la lectura, en ronda atenta, sucesiva, recostada en otros contextos y otros sujetos.

Desde Dije, Tamara Domenech nos abraza como lectores, y nos sugiere completar, con goce y riesgo, el recorrido de sus poemas.

Poemas y Dibujos. Inédito. 2016.

La intensidad inocente. Por Daniel Samoilovich

Yo desconfío de las direcciones.

Las sorpresas están en todas partes.

Tamara Domenech

Dos dimensiones juega con tres dimensiones, se intervienen mutuamente: los dibujos en los márgenes de una hoja de cuaderno son seres vivos, que mueren si son tachados por un maestro implacable; pero también el propio cuerpo puede ser una especie de hoja, en la que se escribe como se escribe en un cuaderno de deberes. Se escribe “Pelos x Tamara” en la axila, y Tamara queda transformada en una obra, o un animal-obra, o un texto de tres dimensiones.

Se puede dibujar sobre los cuerpos como se puede dibujar sobre las hojas, pero las hojas también pueden hacer dibujos. Las que se desprendieron de un árbol este otoño son capaces de pintarse rostros a sí mismas con una fibra.

Todo está aquí animado: los barriletes buscan un piolín, los cordones de zapatillas caminan por los cables de luz. Los sonidos pueden transformarse en palabras, de solo andar, sueltos, en el viento. Los verbos son activos y presentes: todo es acción, incluso los sueños y sin decir “agua va” se pasa de un plano a otro, de una dimensión a otra. La guía se extravía, la brújula está loca, el sentido sólo puede ser hallado por asalto, por casualidad. La lógica es, sobre todo y todo el tiempo, la lógica del objeto encontrado.

Las expresiones ready-made o prêt-a-porter también servirían para describir esta lógica: se trata de cosas que están listas para ser llevadas con uno, o, mejor, es uno el que está —el que debería estar— dispuesto a llevarse todo a casa, pues cualquier cosa abandonada puede ser —es— alhaja, maravilla.

Qué lejos estamos, sin embargo, de lo real maravilloso de cierto surrealismo: no hay en estos poemas y dibujos una profusión de imágenes, una realidad adornada con metáforas pensadas para sorprender. La imaginación no actúa aquí en virtud de un programa, sino de una necesidad, de una propensión que lleva a veces, incluso, a la pesadilla. Porque la imaginación aquí te tiene, te lleva, y en ese dejarse llevar está la intensidad, la absoluta seriedad del juego. Estos textos muerden y no sueltan: si se dice de alguien que tiene zapatos que son campanas de vidrio, no se abandona esa imagen para pasar a otra imagen o metáfora: hay que andar con cuidado, porque estos zapatos transparentes pueden romperse, y un rato más tarde... los zapatos suenan y uno se despierta. ¿Qué tiene de raro? ¿No se había dicho ya que eran campanas? Resultado: el lector lentamente aprende a creer lo que se le dice, a creer que lo se le dice es verdad, “la verdad de un imposible”.

La intensidad inocente: inocente de toda programación, culpable solamente de ser intensa. De esa intensidad, viene la felicidad del lector: viene por el envión, por dejarse llevar a través de ese paisaje donde el lirismo está en todas partes, en ninguno en particular. En el propio andar, en el propio abandono, quizás.

Ilusión. Voz en fuga. Daniel Gigena. Visto y Leído. Página 12. 03/02/2017.

Un libro artesanal, con más de setenta poemas, permite que la voz de Tamara Domenech crezca y se expanda por territorios disímiles.

Hay dos aspectos, ambos de índole cuantitativa, que a primera vista se destacan en el nuevo libro de Tamara Domenech (La Plata, 1976). En primer lugar, Ilusión reúne nada menos que setenta y dos poemas, uno por página, como si en vez de un libro de poesía (algo que la edición parece cuestionar desde el formato) se tratara de un folletín en verso, en el que una voz en fuga acrecienta un acento salvaje. El segundo aspecto es la enorme reserva de aforismos que los textos de Domenech contienen. Como una Jenny Holzer sin neones ni parafernalia lumínica, aunque siempre brillante, cada uno de los poemas entrega al menos dos sentencias que podrían aparecer impresas en remeras, afiches o carteles. “Las mujeres piden un cuerpo”, “El frío es una forma de entender”, “Las palabras no surgen por encargo”, “Lo que no hubo hay que inventarlo”, “A veces no tener fuerza es tenerla”.

Esa pasión por la consigna, por la musicalidad que las consignas guardan, transforma los poemas en campos de prueba de escrituras, de registros tonales, de voces que se alzan en contextos diversos, como la autopista Buenos Aires-La Plata, Constitución o una villa del conurbano bonaerense. “El libro constituye un modo de confiar en el mundo, crear nuevas ideas a partir de hacer estallar el lenguaje con el que está hecho y observar qué luces, qué sombras proyectan esas esquirlas -dice la autora?. Ilusión constituyó un acto de libertad en relación con el decir, opinar sobre temas que me preocupan, como el trabajo, la propiedad privada, el consumo, la clase social a la que pertenezco, la familia, la maternidad, el lenguaje.” En los poemas se imaginan, además, posibles poéticas de la resistencia: “No existe una literatura pura/ del desorden que ordena”. Con la inflexión de un manifiesto, cada texto se asemeja a una barricada.

Muchas veces hay una escena en los poemas, un territorio en el que la voz se expande, o al que decide ocupar y desgastar. En las escenas de Ilusión, a diferencia de textos de otros autores, la lucha de clases existe y no desempeña en los poemas un papel menor. “Los ricos no quieren/ los pobres”, se lee en el primer poema. Ambientado en un viaje en auto desde La Plata hasta Buenos Aires, se vincula con otro de Irene Gruss, aún inédito, en donde un ómnibus de pasajeros rumbo a la costa era apedreado por los habitantes de una villa al costado de la autopista. En el poema final de Ilusión se interroga: “¿Queremos ser el ocio de los ricos/ el hocico de una familia que retumba/ una pose?”. Como en toda lucha, los cuerpos asumen un papel radical: “El cuerpo no es un lugar seguro/ ¿o sí?”. No sólo los espejos, sino también las enfermedades y el hambre regulan los protocolos de semejanza: “Es un estómago abierto y emparchado/ esta vereda/ no/ acá vos no comés/ andá a tu casa/ pedí/ revolvé/ rebobiná/ trabajá para comprarte”.

El libro fue publicado por Biblioteca Popular Ambulante (BiPA), proyecto dirigido por Roger Colom, a quien Domenech conoció por intermedio de la artista Luján Funes. Ese sello y Ediciones Presente, la editorial de poesía que la escritora dirige desde 2009, tienen mucho en común. BiPA edita poemas de autores contemporáneos y compilaciones de materiales encontrados en la calle, a partir de los que organiza lecturas y performances que presenta en una estructura de madera que deambula por la ciudad, tanto en lugares al aire libre como en espacios cerrados.

¿Por qué Ilusión? “El título alude a un modo de mirar y practicar la realidad, teniendo en cuenta las impresiones, las percepciones, las imágenes que se transforman en el proceso de mirar, transcribir, recordar; constituye un modo de confiar en el mundo, crear nuevas ideas a partir de hacer estallar el lenguaje con el que está hecho y observar qué luces, qué sombras proyectan esas esquirlas”, indica Domenech. De ese estallido, en principio verbal, se regresa con algunas certezas expresadas con una armonía discordante: “Lo que hay podría ser explosivo. / No explotado”. 

Ilusión. Biblioteca Popular Ambulante. Roger Colom. 2016.

No creo en que haya que editar a una poeta porque es mujer. Creo en que hay que editar poemas potentes. ¿Las mujeres escriben distinto? Si es así, tengo que aprender a leer esas diferencias, para poder salir de mí mismo y encontrarme con su potencia. Esa era, dicha de manera muy rápida, mi postura. Aunque vale para cualquier poeta. Hay que leer y encontrar la manera de entrar en esos poemas.

Es lo que me pasó cuando me puse a editar Ilusión, el libro de Tamara Domenech que la BiPA sacó hace unos meses. Al principio no entendía nada. Lo volví a leer. De repente, uno de los poemas hizo ¡click!; luego leí el siguiente, y el siguiente, y el siguiente, ¡y ya estaba adentro de ese mundo! Hacía años que no me pasaba esto. Dejé pasar unos días y volví a leer el poemario, como para comprobar que lo que me había pasado antes no era accidental, y sí, me encontré de nuevo circulando entre las fuerzas de ese mundo poético de Tamara. Esa tercera lectura me confirmó la obligación que tenía de editar el libro.

Pero lo que más agradezco a Tamara, a sus poemas, es que me hayan enseñado a leer de nuevo. Y yo diría que ese es el trabajo de toda verdadera poesía: enseñar a leer de otra manera. Ahora mi postura ha cambiado ligeramente: no sólo trato de averiguar como entrar en un poema, sino que ahora le pido que me enseñe a leer de nuevo. Esto me exige a mí como lector, y claro, le exige a los poemas. Me exige como editor, y también como poeta.

Tengo la impresión de que estas exigencias le parecen insoportables a mucha gente. Como si hubiera que leer a la persona y no los poemas. Como si hubiera que ser cuidadosos con la persona. Pero es al revés: hay que ser cuidadosos con los poemas, aprender a leerlos. Y si después de un esfuerzo serio sentimos que no funcionan, decirlo y pasar a otra cosa.

Siempre hablo del funcionamiento de un poema. Es una forma de despersonalizarlo, separarlo de la persona que lo escribió, y es el mecanismo psicológico que utilizo para leer poemas. Para aprender a leerlos, porque de eso se trata: averiguar cómo funcionan. Hablar de funcionamiento hace pensar en máquinas. No pienso que un poema sea una máquina, pero sí que se inserta dentro un sistema impersonal, que es el del lenguaje.

El lenguaje no es de nadie, y es de todos, y lo creamos entre todos, nanométricamente día a día. Tiene sus reglas, y esas reglas han sido acordadas sin que ninguno de nosotros haya participado en el acuerdo, y nos movemos por y entre ellas cada vez que hablamos o pensamos o escribimos. ¿Cómo se enchufa un poema en ese sistema? ¿A qué otros sistemas se conecta? Y luego, ¿cómo me afectan a mí esas condiciones, consciente o inconscientemente? ¿Qué sensaciones me producen? ¿Hacia qué relación con los varios sistemas me llevan?

¡Y todo esto no tiene nada que ver con mi amiga Tamara! Evidentemente, me alegro de que su poesía sea potente, porque quiero que a mis amigos les salgan bien las cosas, y quiero que los poemas que mis amigos escriben funcionen. Pero a la hora de estar con un poema, me da igual si tengo amistad o no con quien lo haya escrito. El poema funciona o no funciona. Y mi trabajo como lector es averiguar las reglas de ese funcionamiento. Luego, si el poema no cumple con sus propias reglas, bueno, ahí tenemos un problema. Hay que averiguar si ese incumplimiento es productivo o no. Porque a lo mejor el poema marca una ruta y luego va por otro camino. Y así sucesivamente, hasta que ya haya hecho todas las lecturas posibles, o posibles para mí en ese momento.

Sé que esto es mucho pedir. Sé que estamos acostumbrados a la facilidad instantánea. Sé que la poesía no encaja demasiado bien en una cultura de consumo inmediato. Ese consumo es igualador, aunque no egalitario, mientras que la poesía es egalitaria pero no igualadora: funciona a contrapelo de lo que hemos construido como sociedad y esquema relacional. Egalitario significa que cualquiera puede leer un poema, si quiere hacer el esfuerzo, o tomarse la molestia, pero cada uno encontrará maneras distintas de leerlo—de entrar en él y de entenderlo.

Y en este sentido, creo que leer poesía es una forma de resistencia. Yo diría que es una forma de resistencia interior. Vuelvo a poner el ejemplo de mi lectura de los poemas de Tamara. Para poderlos leer, tuve que superar mis prejuicios, mi sexismo, y no sé cuantas cosas más. Tuve que cambiar algo en mí. Y lo cambié leyendo esos poemas, o porque estaba leyendo esos poemas. Y lo sé por ese ¡click! Ahí hubo un cambio, sea neuronal o espiritual o moral o estético, y de repente, mi mundo se amplió, mi perspectiva se amplió. Ese fue mi premio por el esfuerzo que hice.

Y el segundo premio fue que Tamara me permitiera editar esa colección de poemas, que ahora es un libro de la BiPA titulado Ilusión, que me gustaría que ustedes leyeran también.

Recolección. Zindo & Gafuri. 2015.

Segundo encuentro del ciclo Tsonami-CINICO-Proyectista. Diego Makedonsky.

 

Norman Bates en Recolecciones de Tamara Domenech

Trabajo más que nada con micrófonos piezoeléctricos, armando unos dispositivos precarios que podrían definirse como instrumentos electroacústicos. Los materiales son en general cosas encontradas que se mezclan por la única razón de estar ahí presentes en el momento en que armo algo, así el Sintrabajo es una madera que encontré en la puerta de casa con 3 pitones que tenía en una lata y una goma que había sobrado de un proyecto. Suena jazzeramente como un contrabajo, pero fue armado en 3 minutos, de ahí su nombre. El Chelo monófonico delgado es una contracción de un tubo de cartón, una lata de lychees, una cuerda de guitarra, alambre espantapalomas y una pipa. Para esta fecha, hablando de cosas encontradas, voy a usar también algunas grabaciones de campo tomadas en la ciudad. 

Cristian Martínez

Con Hernán Hayet tuvimos la intuición de que entre Tamara Domenech y Norman Bates había algo.
Eso de ellos nos interpeló en la misma dirección. Qué es eso que vincula estas dos obras?

Tamara recolectó obras encontradas durante 4 años, en sus caminos comunes sorprendidos por hallazgos. Norman Bates hace música con objetos no-musicales, obsoletos y cosas encontradas. Otra manera de sorprenderse en un camino común. En ese cruce entre lo cotidiano, lo sabido, los cuerpos y materiales con los que nos cruzamos, ocurren los milagros. Sencillamente ese acontecimiento que nos maravilla y ante el cual nos detenemos. Nos sustraemos al tiempo impuesto de la función y el rendimiento y nos enredamos con lo impensado. 
Los dos trabajan con el residuo y esto resulta obvio. Mi memoria sobre lo escrito por Rodolfo Kusch me ayuda nuevamente: Qué es lo obvio? Precisamente lo no seleccionado que sale al encuentro, dice Kusch. Tanto Tamara como Norman Bates recogen lo descartado del uso y función social, lo no-seleccionado.

Kusch situaría esta obviedad no seleccionada en el ámbito del discurso popular. Tamara y Noman Bates, caen, sí, caen, se precipitan, se arrojan a un lugar común, es decir que operan desde el mismo lugar. Y por eso entre ellos puede surgir un espacio para lo comunitario, precisamente en ese abismo donde van a parar los deshechos desdichados de lo socialmente in-útil, de aquello que no sirve para nada, no sirve a nadie, no es para, sino que está siendo desde y por ello liberador. Desde donde? Precisamente desde lo residualizado. Y lo residualizado lo es primero de nosotros mismos, lo que queda más allá de lo que nos sirve y de lo que se sirve. 

Tamara escribe en el prólogo del libro que acompaña la muestra que ella indaga sobre lo que otros dejan y cuando leo esto advierto la obviedad que sale a mi encuentro: En este preciso acto de escritura, habiéndola leído y mientras escucho la obra de Norman Bates, estoy indagando sobre lo que ellos han dejado; Usted que está en este momento leyendo, no está acaso indagando sobre lo que yo mismo dejo? Leer, mirar, escuchar lo que han dejado colgado de las paredes o flotando en sonoridades. Qué perfume dejará usted en el aire para que otros huelan? 
Yuxtaposiciones y superposiciones de capas de recorridos y tiempos. Lenguajes encarnados en materiales descartados volviéndolos cuerpos vibrantes, espacios de resonancia donde algo surge... quizás aquel grano de significancia. 
Operación, la de todos, de seleccionar lo no-seleccionado, operación de resistencia a un mundo social que se vuelve extrañamente in-humano, un acto de re-existencia que arroja a su vez restos para que haciendo lo propio. Montaje y desmontaje sucesivo y simultaneo al rededor de eso que cae, inagotable como reserva seminal de sentido. La fuente hedienta dispuesta para que desde los deshechos surjan mundos. 

 

Recolección. Noelia Rivero. 2015.

 

“¿Cuál es el arte de entrecasa que nunca conoceremos?”, voy a empezar por esta pregunta que se hace Tamara y que me llevó a pensar dos cosas, la palabra entrecasa, rápidamente a estar de entrecasa, al espacio doméstico, desarreglado, caótico,  un espacio lleno de deberes pero también el hogar, con el matiz de paz que tiene esa palabra. A estar en casa. Un arte de entrecasa puede ser aquel que surge con este origen/coordenadas.

También pensé en el “entrecasa” como el interior, la olla revolviéndose, la mente mascullando, el cuerpo presintiendo el arte, es decir, el reverso experiencial, íntimo del surgimiento de una obra, de aquello que deseemos llamar obra y lo presentamos como tal (un poema, una pintura, un cómic, etc.)

Me alegró que esas evocaciones surgieran leyendo el libro de Tamara. La observación maternal que declara en la introducción, es una poética maternal, menos como tema que como lugar de producción y de manifiesto, ya que de manera directa, el libro indaga sobre las condiciones de existencia artística de una mujer-artista que también es madre, una intersección que puede volverse privilegiada e indicada para señalar lo violentadas que están justamente, nuestras condiciones de existencia.  Y también, es un libro del entrecasa del hecho artístico, del momento de su “nacimiento”, la primera mirada sobre la obra encontrada y el tiempo prodigioso que abre y suspende –más que robar– algo del tiempo cotidiano.

Digo prodigio porque me acuerdo de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, donde la maravilla ingresa sin más, para recordar en una vida prosaica la existencia de la gracia divina.  También los textos retoman algo de la estructura de los cuentos maravillosos, pero sin el final feliz ni moral, sin final, sino en su goce por la irrupción de lo sobrenatural.  Los poemas del libro comienzan en el más puro plano terrenal, con coordenadas cartográficas exactas, cercanas, la ciudad de Buenos Aires sin demasiado lirismo: basura, deberes cotidianos, jefes, policías, conseguir un espacio para estacionar…. Pero esto se cruza con un dialogar animista y alucinado que fuerza y establece una relación con el mundo que da espacio, preconiza e invoca el hallazgo, que es la visión de la obra de arte en la basura, en el desecho, en el descarte, en el margen, en la vereda de la fábrica-Sistema.

El encuentro con las obras que acá se exhiben aparece como una iluminación. Lo digo también en el sentido de esas letras dibujadas que adornaban los textos medievales. Dibujo y letra. El dibujo trajo a la letra, la letra testimonió el dibujo. Pero en el medio de esta operación artística estuvo esa experiencia de la fractura, de la supervivencia, de la renuncia y de la interrupción, en todos sus sentidos. Ése creo es el tiempo que marcan los poemas. La artista es interrumpida por los quehaceres maternales. Pero también la madre es interrumpida por la llegada de la visión artística.  Lo maternal se vuelve también potencia y se proyecta en la mirada que intuye e hilvana con fragmentos y desechos una totalidad, el diagrama que une el libro y  la muestra. Esta artista maternal “adopta” una poética de lo disruptivo. Me gustó pensar que este libro de Tamara participa de una forma de escribir y de hacer arte que está construyéndose desde los márgenes, no sólo de los salones literarios de varones soñados por ella, sino de todos los que siguen funcionando de manera similar.

En Recolección Tamara Domenech recoge objetos de la calle y reflexiona sobre ellos en clave de poesía. Daniel Riera. Suplemento Las 12. Página 12. 27/01/2016.

 

Obras y objetos, objetos devenidos obras, todo lo que se encontró Tamara Domenech por la calle (y no sólo) entre 2011 y 2014, es la materia prima de este libro. Según explica en el prólogo, los hallazgos se sucedieron en los barrios de Palermo, San Cristóbal, Villa Santa Rita y Núñez, cuando la autora iba al o volvía del trabajo, de la casa, del colegio de sus hijxs, de galerías diversas. “Esta recolección fue una manera de pintar sin tiempo, de escribir mientras observaba, de pensar una muestra para otros que no conozco, de sentirme acompañada en la ciudad, de robar minutos a los deberes cotidianos en la apuesta de un descubrimiento, de trabajar sin dejar de pensar quién soy”, puntualiza. Dibujos infantiles, láminas, retazos de tela, restos de una piñata habitan un catálogo heterogéneo, atravesado por la coincidencia de haberse cruzado en el camino de la autora, de haberse hecho merecedores de la arbitraria recolección. Entonces surgen las preguntas, que son muchas y muy inquietantes. ¿Qué hacemos con esto? ¿Cómo lo pensamos? ¿Cómo lo reinterpretamos? Alguien lo abandonó, lo consideró basura, digno de ser desechado, y me toca a mí darle una nueva vida, repensarlo. Ese mecanismo especulativo y a la vez constructivo es la materia prima de este libro, que no es un libro de poemas en la medida en que el texto mantiene una dependencia del objeto que la acompaña, como las canciones mantienen una dependencia de la música. Es un libro de problemas, entonces, un libro de cuentas pendientes y de nuevas oportunidades, un objeto artístico compuesto. Podemos pensar, por supuesto, en Marcel Duchamp y sus ready made y en aquello que desde hace un siglo llamamos, a falta de un término mejor, “arte contemporáneo”, pero también podemos pensar en la fantástica colección del MOBA (Museum Of Bad Art) de Massachussets, y en uno, dos, muchos nenes y nenas dibujando más o menos despreocupadamente en el colegio o en sus casas, abandonando y olvidando sus obras luego de haberlas hecho porque lo importante, para ellos, era, es y será exactamente eso: hacer, pasar el rato y no preservar, que de congelar el tiempo se encargan los adultos y no los nenes y las nenas, que prefieren, por supuesto, poner el foco en nuevos dibujitos. El problema, entonces, no se construye sólo a partir del encuentro entre el objeto/obra y la recolectora: las circunstancias del encuentro determinan el lugar que ocupará, tanto en la vida como en el texto. Como si fueran epígrafes, todos los textos empiezan con la referencia geográfica del lugar donde fueron hallados los objetos/obras. A partir de allí (de Santa Fe y Agüero, Cervantes y Nazca, San Juan y Pichincha, etc.) surge el acontecimiento que tiene al objeto/obra como coprotagonista de un nuevo objeto/obra. “Avenida Santa Fe y Carranza (…)/ Tengo que entretener a mi hija./Los kioscos están cerrados y no traemos juguetes./Veredas tienen que entender, no es fácil/salir con una niña a hacer un trámite.(...)/En el fondo encuentra dos pájaros/de madera desgastada azules y rosas(...)/Yo llevo a mi hija de la mano y ella/a los pájaros que la madre vereda le regaló.” O “Callao y Santa Fe (…)/ Me cuesta conseguir las cosas simples en un trabajo nuevo./Entonces pregunto y a nadie le gusta responder/cuando está concentrado en algo que sabe(...)/Antes de irme con las manos vacías/encuentro el dibujo de un gato enojado.” Vienen a ella, la recolectora (y, por su intermedio, a los lectores) con una intención bien definida. Tienen la intención de acompañarla (de acompañarnos), de salvarla (de salvarnos), de reciclarse en una nueva obra que los incluya. Para eso necesitan de un ojo atento que los advierta, de una sensibilidad que los interpele, y finalmente de un/a lector/a que cierre el círculo.

Duraremos más que el tiempo. Ediciones Presente. 2015.

No me lavo más la mano. Mercedes Halfon. Suplemento Radar. Página 12. 03/01/2016.

A partir de las consignas del artista y docente de plástica Lanfranco Ezpeleta, alumnos de entre 12 y 18 años de Valentín Alsina, Villa Caraza, Villa Jardín y Monte Chingolo dibujaron en hojas de carpeta tatuajes, grafittis y sus propias manos intervenidas. Cien dibujos que forman una iconografía adolescente donde se mezclan lo íntimo, lo barrial y lo ritual. Después de una muesra, ahora forman parte de un bello libro de imágenes llamado Duraremos más que el tiempo que editó la platense Ediciones Presente de Tamara Domenech.

Duraremos más que el tiempo es el título de una antología de tatuajes y graffitis realizados por adolescentes de zona sur de la provincia de Buenos Aires. Claro que no son tatuajes y graffitis reales, sino soñados y dibujados en hojas de carpeta, a partir de las consignas y el estímulo de Lanfranco Ezpeleta, un artista y docente de plástica. Trabajó con alumnos de entre 12 y 18 años de Valentín Alsina, Villa Caraza, Villa Jardín y Monte Chingolo; el resultado fueron cien dibujos que ahora forman parte de un bello librito de imágenes editado por la platense Ediciones Presente De esta mescolanza de lo íntimo, lo barrial y lo ritual, surge toda una iconografía adolescente que sorprende en la filigrana de su autenticidad. Lo que viene de lejos y parece trasmitirse vía tinta sanguínea, junto a lo nuevo y aun desconocido: garabatos darks y smiles, Simpsons y Yingyang, nubes y rayos de tormenta, marcas deportivas como si fueran clubs de fútbol, clubs de fútbol, rosarios, simbolitos de la paz, pirañas, corazones, rosas y diamantes

Se supone que un tatuaje dura para toda la vida. Pero tiene la rara cualidad de parecer siempre recién pintado, una muestra de los intereses de una persona en un momento dado. Los graffitis son menos perdurables, pero guardan un parecido. En ambos se vuelcan dibujos y palabras valiosas, importantes para alguien. Pueden ser ilusiones, gritos acallados o simplemente caprichos: algo bello y sin finalidad. Duraremos más que el tiempo es el título de una antología de tatuajes y graffitis realizados por adolescentes de zona sur de la provincia de Buenos Aires. Claro que no son tatuajes y graffitis reales, sino soñados y dibujados en hojas de carpeta, a partir de las consignas y el estímulo de Lanfranco Ezpeleta, un artista y docente de plástica. Trabajó con alumnos de entre 12 y 18 años de Valentín Alsina, Villa Caraza, Villa Jardín y Monte Chingolo; el resultado fueron cien dibujos que ahora forman parte de un bello librito de imágenes editado por la platense Ediciones Presente.

Pensar el papel como una extensión de la piel. Algo de esto se vislumbra en las imágenes de Duraremos más que el tiempo. Dos series diferentes pero con similitudes, creadas a partir de dos consignas: la primera fue que cada chico realizara un mural personal en el que volcara sus experiencias, referentes, miedos, etc. tomando como inspiración el paisaje barrial en el que las paredes reciben desde campañas políticas a declaraciones de amor. La otra propuesta, más sugestiva y singular era que cada alumno dibujara el contorno de su mano y en ese espacio volcara emociones e ideas, previa visión de los bellísimos tatuajes hindúes —que se realizan con significado ritual en pies y manos de mujeres— y de los propios tatuajes que algunos de ellos tenían.

De esta mescolanza de lo íntimo, lo barrial y lo ritual, surge toda una iconografía adolescente que sorprende en la filigrana de su autenticidad. Lo que viene de lejos y parece trasmitirse vía tinta sanguínea, junto a lo nuevo y aun desconocido: garabatos darks y smiles, Simpsons y Yingyang, nubes y rayos de tormenta, marcas deportivas como si fueran clubs de fútbol, clubs de fútbol, rosarios, simbolitos de la paz, pirañas, corazones, rosas y diamantes. Lanfranco Ezpeleta explica acerca de los dibujos: “Me sorprenden las capas de información indescifrable y misteriosa que aparecen, el camuflaje es increíble. Puedo volver a observarlos una y otra vez y descubrir cosas nuevas. Estos dibujos son obras de arte. Poseen un lenguaje plástico y un poder de síntesis notables.”

Tanto entusiasmo provocaron los trabajos en él y en los chicos que armaron una muestra que estuvo colgada de octubre a noviembre en Oficina Proyectista. Con el cierre llegó el libro. La impulsora fue Tamara Domenech, poeta y agitadora cultural de La Plata, que con su sello Ediciones Presente trabaja una idea de la edición que dista bastante aun de la que promulgan las más independientes de las editoriales: “Me interesó mostrar un proceso, entender la edición como una práctica etnográfica de lo viviente, además de que sea una práctica consagratoria de lo sucedido. Para mí la poesía está en distintos lugares, como por ejemplo, en la constelación que se produce entre un docente y un grupo de alumnos, en esa intimidad, un ritual de dibujos y palabras que marcan de manera invisible el tiempo del cuerpo.”

Además de dibujos, en las imágenes hay palabras y frases contundentes, como la que da título al libro. Esa hermosa sentencia estaba en el dibujo de una chica, que decidió escribir en el contorno de su mano el lema de amor que tenían con su ex novio. Pero, hay que decir que la idea de durar y perdurar, es la que hizo que los mundos de estos adolescentes hayan llegado a nosotros. Con esa línea se abre la pregunta por la trascendencia (como dice el poema de Roberta Iannamico que prologa el libro “No me lavo más la mano/ toqué el universo infinito”) parte de la vida, pero también de todo proceso artístico. Como dice Ezpeleta: “Esta edición es la posibilidad de mostrar y compartir lo que piensan y sienten los jóvenes, que su producción circule y sea valorada en distintos circuitos y sobre todo que ellos amplíen su espectro y puedan considerar su trabajo creativo como un hecho artístico. Debo decir que no todo es color de rosas, la vida de muchos de mis alumnos es muy dura, pero pese a lo que les pasa, admiro su fuerza, alegría y entusiasmo.”

Es ese impulso hacia delante lo que hace estos dibujos tan frescos, jóvenes eternamente, que contagian energía a quién se detenga en su superficie, como un mural recién pintado.

Literatura y Maternidad. Ediciones Presente. 2012.

Esa brecha entre la esclavitud y la libertad. Flor Monfort. Página 12. 24/10/2012.

En los barrios populares los hijos e hijas son un bien social que se cría en la comunidad, al abrigo de las redes fundamentales para la supervivencia. En la clase media, sin embargo, los hijos son tus hijos y la madre es quien debe sacrificarse o convertirse en malabarista si quiere sostener su vida y sus proyectos. Esta observación es la que llevó a la editora Tamara Domenech a idear un libro con textos de 33 escritoras diversas que tejen desde sus reflexiones sobre la maternidad esa red fundamental para la supervivencia, sea en la clase que fuera.

Desde que salió la ley de matrimonio igualitario en nuestro país, en 2010, mucho se dijo sobre las “nuevas formas familiares” que asomaban como estructuras visibles que ahora tenían marco legal. Lo cierto es que fue la legalidad lo que les dio protagonismo a las “nuevas familias” pero no existencia. Estaban allí, mucho antes de tener nombres y apellidos en diarios de tirada nacional, desarrollándose, creciendo y gestando lazos más allá de los biológicos, más allá de los estrictamente estipulados por alguna carta de presentación dogmática que establece aquello de la “familia normal” o “familia tipo” y que manda un papá hombre, una mamá mujer y la parejita de hijos nene y nena.

El avance en las técnicas de reproducción asistida también es un pilar gracias al cual pensar en que esas familias homoparentales tienen la posibilidad de crecer, así como de dar un hijo a mujeres sin pareja o con dificultades para concebir. Las trabas de la adopción y la posibilidad de incluir este tema en la agenda pública para pensar en una ley nacional que agilice los trámites y les dé hogar a los niños y niñas que lo necesiten también es un antecedente que planta bandera. Efectivamente hay nuevas formas familiares y hay que darles espacio para que respiren y se expandan.

La historia de María Belén Ochoa, una trans cordobesa a quien un juez le otorgó la tenencia definitiva de dos niños de su Holmberg natal que ella protegió, cuidó y albergó en su casa desde bebés (por las dificultades de la mamá biológica en cumplir esa función) es una prueba de ello. María Belén vive sola con los dos: a la más chica la conoce desde los 26 días. Hoy tiene 6 años y hace más de 3 que no ve a su mamá de sangre. Y para que la Justicia habilite esta posibilidad tuvo que haber decenas de testimonios de un barrio periférico de una provincia argentina que poco sabe de teoría queer. Un barrio que avaló ese cuidado y que ayudó a que fuera posible. Pero como esta historia hay miles. Gente que ha crecido diciéndole “mamá” a la abuela, porque la madre biológica era adolescente cuando lo tuvo o el hecho de ser madre soltera puso en jaque algo del orden familiar y del deber ser social. Mucho antes del matrimonio igualitario, ésas ya eran familias comaternales: criaban chicos y chicas, no siempre en armonía, muchas veces acompasando con secretos, mentiras y reproches, pero existían, y la falta de espacio para pensar diverso seguramente las complicó pero no frenó su existencia.

Algunos años después de la ley de divorcio, se empezó a hablar de familias ensambladas, formadas por los tuyos, los míos, los otros y nosotros, pero siempre con el supuesto del binarismo, ese andamio de nuestra cultura para pensar la sexualidad y los géneros. El avance de lo queer arrasó con esa perspectiva y hasta la noción de sexo está cuestionada cada vez que nace una persona intersex en el mundo, pero aun así los lugares de madres, padres e hijos se siguen pensando muchas veces en compartimientos estancos, anclados en un océano de lugares comunes y perspectivas acotadas de lo que es conveniente hacer o decir. En un mundo con más chicos vulnerados en su posibilidad de acceder a salud y educación que aquellos que sí pueden tenerlas, es difícil pensar que lo biológico y lo formal sean la respuesta de algo, las mejores opciones para ser saludables en la vida adulta, y todas estas historias, estas “nuevas familias” que no son tan nuevas pero sí emergen como verdades de hecho, vienen a poner en jaque la solidez del mandato, la rigidez de la familia tradicional.

SALTO AL VACÍO

Tamara Domenech es licenciada en Comunicación Social, artista visual y escritora. Desde 2010 dirige Ediciones Presente, una editorial independiente que ahora publica la antología Literatura y maternidad. Allí Domenech reúne textos de 33 escritoras de distintas generaciones que hablan de su experiencia con la maternidad pero no sólo de ellas como madres, porque hay algunas que no lo son, sino de su devenir mujeres como hijas, nietas, hermanas, compañeras.

El año pasado, Domenech fue mamá por segunda vez (Rita tiene 4 años, Serafín va a cumplir 2) y esa experiencia le despertó una observación que había tenido en 2004, trabajando en villas y barrios periféricos como planificadora comunicacional y gestora cultural en un programa que se llama “Bibliotecas para armar”, que depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad. Se trataba de construir bibliotecas en distintos espacios que ya funcionaban en esos lugares: en casas particulares, en comedores, etc. “Fue muy impactante. Las mujeres después del 2001 se pusieron a la cabeza de una reestructuración existencial, estaban al mando, eran la vanguardia del salir adelante después de la crisis. Muchas de estas mujeres abrían directamente las puertas de sus propias casas para crear comedores populares, decían “donde come uno comen dos”, les daban de comer a sus hijos y a los del barrio sintiéndolos propios. Mujeres que se sobreponen pese a que todo el contexto es hostil, que se superan a sí mismas, que establecen redes con otras mujeres, que avanzan”, dice y cuenta que esta experiencia le disparó la idea porque la llegada de su segundo hijo, perteneciendo a la clase media y viviendo en el contexto de una ciudad, la shockeó por completo. “Yo crecí en Gonet, un barrio de La Plata, y hasta la juventud viví allá. Me pareció sumamente desequilibrante la idea de ser madre y que no existiesen redes más fuertes entre las mujeres en las cuales poder compartir aquello que vivimos. A la vez sentía fuertes identificaciones con otras: amigas, conocidas, que están o estaban pasando por la misma situación, mujeres profesionales, escritoras, artistas, que estaban tan desbordadas como yo pero que no buscaban respuestas, sino que aceptaban resignadamente esa ausencia de contención. Cada vez que nos juntábamos a conversar era hacerlo sobre los mismos temas, y no podíamos desarticular ese discurso de la pesadumbre, por decirlo de alguna manera, y crear un dispositivo capaz de contenernos a todas en algunos proyectos.” Su utopía inicial fue alquilar una casa entre todas y que pudieran usarla como espacio donde dar clases, talleres, etc., pero que a la vez sirviera para albergar a los hijos e hijas de todas. La idea era que se fuesen turnando para cuidar a los chicos mientras las demás trabajaban. “Una especie de colectivo, porque además implicaba invertir el mismo dinero que por ahí poníamos en una niñera. Yo quería que fuera una casa de puertas abiertas pero quedó en la nada, les pareció imposible. Creo que sintieron que hacerlo implicaba un quiebre demasiado grande en sus rutinas. Yo creo que nos tendríamos que poder arriesgar más. Para mí es una idea genial, de hecho tengo el proyecto escrito que les mandé por mail una madrugada... Alquilar un lugar también me parecía interesante porque no era ‘nos juntamos las madres y cerramos las puertas’, sino abrir puertas a partir de la experiencia de cada una y reapropiarse de esta imagen de otros sectores sociales de tener las puertas abiertas y sumar a otras y otros que estuviesen pasando por estas experiencias. En las villas no sólo hay otra concepción de la maternidad sino también de la fiesta. Festejar un cumpleaños, por ejemplo, no implica un problema económico, no hay salón, cotillón y demás temas a resolver, se hace y listo. En la clase media todo es más enroscado. Mi propuesta tenía también que ver con recuperar el sentido de la fiesta y festejar sin importar la coyuntura y sin depender de estos lugares que cuestan una fortuna, porque mucha gente no abre las puertas de su casa porque vive en departamentos donde si hay más de 10 personas se desborda todo. La socialización del tema varía también en relación con las clases sociales. No es lo mismo crear un dispositivo, como proponía yo, a partir del cual esto se pueda compartir, que hablar cinco minutos con una madre mientras esperás que tu hijo o hija salga de la escuela. Son dos cosas totalmente distintas.”

 

¿Por qué pensás que esa trama que se arma tan naturalmente en las villas o en barrios populares no puede replicarse en las clases medias de las ciudades grandes?

 

– Yo creo que tiene que ver con una fatalidad de la clase social a la cual pertenecemos. La clase media que tuvo acceso a un sinfín de cosas tiene además más intereses particulares, en vez de pensar qué nos asemeja y nos une al otro. Me parece que es un problema, yo por lo menos lo siento así, el hecho de que cada uno esté tan pendiente de la mismidad y de la cosa pequeña. Es un segmento particular, porque por supuesto hay gente de clase media que son militantes o que trabajan en organizaciones sociales o que simplemente se arman diferente, pero la mayoría tiene esta cosa más egoísta y autorreferencial que los limita a pensar la maternidad y paternidad como algo privado, cerrado. Pero además es un tema de política pública: en los CGP no hay programas de contención a las mujeres que están transitando ese proceso, no hay charlas, desde el momento en que una mujer decide ser madre hasta la crianza. Cuando fui madre por segunda vez me acerqué a una salita de mi barrio para averiguar, y hay una visión tan sesgada de lo que significa ser madre que lo único que hay es gimnasia para embarazadas, como si eso colmara todos los interrogantes que una mujer tiene en el momento de ser madre. Faltan desde el Estado más planes, programas, etc., que contengan a la mujer que decide ser madre, ya sea biológica, adoptiva, de familias ensambladas.

Para vos el segundo hijo fue el quiebre, cosa que en general no se dice de la maternidad, salvo algunas excepciones: el trabajo que implica, las renuncias que trae, los nuevos espacios que abre. Hay todo un imaginario sobre el cual se desprende que ser madre equivale al paraíso.

No se habla del trabajo que implica la crianza y el sostenimiento de un hogar. Creo que desde las prácticas y los discursos cotidianos hay que empezar a visibilizar esta cuestión, seguir diciendo que el lado B de la maternidad es muy fuerte. La maternidad está absolutamente idealizada. Se dice muy poco del desborde emocional y existencial que implica un hijo, la poca ayuda que muchas veces tenemos las mujeres cuando damos a luz: los abuelos no son los abuelitos de antes, también trabajan, están cansados, etc. También hay una cuestión económica en juego de la que se habla poco, y respecto de la culpa, tampoco se llega a hablar totalmente. A ver, ¿cuál es el problema con que un chico esté todo el día con otra persona, si esa persona lo cuida bien? Porque parece que dejar a un chico con alguien es gravísimo y sobre eso también hay distintas versiones desde la “academia” si querés o desde la literatura especializada. Y creo que tenemos que seguir levantando la bandera de que una mujer para ser una buena madre tiene que poder seguir haciendo su vida, eso es fundamental, cueste lo que cueste. Una se puede dejar llevar por la emoción o el cansancio, pero hay que tener un eje y preguntarse: ¿qué madre quiero ser yo? ¿Una madre que siga sus intereses? ¿Una madre gozosa o una madre sufriente?

 

LITERATURA COMO ESTRATEGIA

A pesar de la negativa general, Domenech no quiso dejar completamente el tema de lado. Fue convocando a diversas escritoras y ellas a su vez le fueron recomendando a otras que podían estar interesadas. Fue recibiendo los textos, los editó y en un momento, con dos hijos y esa falta de red de la que habla y que quiere problematizar, sintió que eso era todo lo que podía dar. “A mí me gusta trabajar con un año de anticipación, me interesa que las etapas de la gestión cultural se cumplan: convocatoria, edición, producción, etc. Convocamos a una filósofa especialista en maternidad y género, María Marta Herrera, para presentarlo y complejizar el tema desde otro campo, pero tal vez es algo que termine acá, con el libro, no lo sé”, dice y aclara que la idea, más allá de que prospere o no, es construir una red de voces que suenen un poco más fuerte, porque muchas veces todas estas cosas son dichas casi como en un murmullo por las mujeres, desde “no doy más” hasta “lo quiero matar”.

Domenech observa la plaza como un espacio de salvación, una pasada de descanso y también una mediación para tanta intensidad. “La casa tiene esa cosa de armadura de las horas, que no es todo hermoso, es al revés a veces. Hay momentos muy lindos pero está ese otro momento: esperar a que alguien llegue, que alguien llame, alguien que te saque de esa demanda y asistencia permanente. Una persona que no duerme y tiene que asistir a otra todo el día está definitivamente en una situación de borde. Por eso yo hablo tanto de la red, que fue mi intención con este libro, al menos en términos simbólicos: lo importante de la contención, de compartir.” Siguiendo con las metáforas de las clases sociales, Domenech observa que en la plaza se pone en juego el sentido de la propiedad. “Estoy en la plaza mirando a mi hijo, que es mi propiedad, que nada le pase a MI hijo, como si hablara de mi casa, mi auto, mis cosas. Esto para mí es una trampa. Cuando yo trabajaba en las villas, era “sí, éste es mi hijo pero yo no dejo de mirar a los otros”, como si los lazos fuesen diferentes, lo sanguíneo en un punto se desdibuja y está lo afectivo, la solidaridad, la noción de grupo. La construcción de un lazo que no está dado por la sangre ni por la propiedad. En los comedores populares comen todos y si necesitan apoyo escolar se busca para todos. Se crean espacios de pertenencia independientemente de la coyuntura de cada familia. Las decisiones para la clase media son tenés o no niñera, doble o simple escolaridad. Todo termina quedando en un plano de debate que para mí es la antiutopía de la maternidad”.

 

¿Qué ves en el libro que puede cambiar las cosas?

 

–Que se abre un mundo. Para mí fue importante pensar un proyecto, hacerlo y luego vemos. Hay cosas que hay que hacerlas para ver qué es lo que pasa. La impresión que me dejaron los textos es de poca identificación, pero me parece interesante en términos conceptuales que el material exista, que este espacio esté abierto y leer qué tipo de materiales producen estas mujeres, de este contexto sociocultural y con estas premisas. Porque hay cierta cosa de que de esto no se habla, como si lo que una tuviese para narrar debiera ser bello y ya, está estereotipado qué se puede y qué no sentir.

Tuve una necesidad de escuchar a otras mujeres. Y creo que una se empieza a reír cuando dice cosas de verdad, cuando la deja de caretear. El kilo de más que tu marido te deja de ver es el discurso hegemónico, ojalá fuera solamente eso: algo tan frívolo, tan pasajero. Me parece que de lo que se trata es de una revolución, lo que significa querer ser madre y no en sentido biológico. Hay muchas personas que siguen con su vida como si no hubiese pasado nada, como si no hubiese habido una irrupción. La maternidad es la libertad y por momentos es la esclavitud y hay que transitar esa ambigüedad por lo menos de manera airosa. Y lo que no viene a hacer la maternidad es a realizar ni completar nada, que ése es otro circulante: que la mujer está hecha cuando es madre. La maternidad es el comienzo de algo, no es la realización de nada. Y es la construcción de un vínculo con otro que no se sabe cómo va a ser. Un hijo es una compañía que se deseó. Es sentir una fuerza y una potencia, a sobreponerse de lo que sea.

¡Yapa! Antología de pesadillas con finales felices. Capitán Minerva. 2008.

¿Tamara Sueña? Selva Dipasquale.

Mucho más que eso. La Srta. T viajó varias veces con paso seguro y decidido al corazón de los sueños, con el ánimo de una niña exploradora que te dice cada vez -mirá, lo que encontré.

La Srta. T quiere compartir sus sueños con nosotros y para eso interroga mientras escarba, cava una densa capa de tierra seca, como costras sangrantes, a veces con las manos, otras, con pico y pala, para traemos hasta aquí los objetos de sus sueños.

Yo no sé, en realidad, porqué Yapa se llama Yapa, tampoco se lo pregunté a la autora porque pensé que, en ese punto, mis reflexiones no hubiesen tenido sentido. Entonces, arriesgo una interpretación o equivocación. Este es un libro con yapa. Un libro doble, que no sólo da cuenta de una búsqueda poética sino del esfuerzo, del padecimiento que también, implica, el trabajo de la escritura. Se nota ese esfuerzo por transmitir los sueños tal cual se vivenciaron como quien intenta seguir el recorrido de un hilo transparente. Yapa no contiene las pesadillas de Tamara Domenech sino textos en los que la Srta. T. trabaja la materia onírica. Los objetos son arrancados, extraídos con fuerza de ese mundo visitado a tientas. Y esa transición no es fácil, sino inestable. Todos sabemos que no siempre los recuerdos de un sueño son nítidos y entonces, en Yapa, hay una tensión entre los objetos soñados y los objetos-ahora-iluminados. ¿Podemos, realmente, con nuestra idioma nombrar lo que soñamos? ¿Requeriríamos de otro idioma? ¿O al intentarlo estamos inventando uno? En Yapa, la creación poética se produce justo en ese momento en el que cualquiera de los objetos es nombrado, traído a esta luz. Y de ese proceso da cuenta el libro, entiendo, en dos pasajes: en uno de los textos la Srta. T se refiere a un cuerpo que danza por el sólo hecho de hablar, el acto de pronunciar las palabras tiene el poder, por sí solo, de mover los cuerpos: "... ella hablaba y eran las palabras las que la movían. Nunca había visto algo igual. Por lo general, los coreógrafos, hasta los más expresionistas, terminan forzando la relación entre el movimiento y las palabras. Pero esa chica no forzaba nada, era la encarnación misma de la palabra y la acción...", Y hacia el final del libro, cuando se pone en duda una muerte: "Che, tío ¿vos no estabas muerto?... -¿Te parece que puede estar muerto alguien que sale de una peluquería retro y quiere tomar aire fresco hasta llegar a un castillo? Yapa habla y crea, nombra y crea, mueve, da vida en un puro presente que se despliega con el ritmo caótico del mar.

 ¿Qué nos trae la Srta. T., entonces, de sus viajes? Mucha agua, cuerpos fetales, cuerpos muertos, electrocutados, abusados, cuerpos divididos en territorios, países y banderas; Una casa transformada en zoológico, mucha gente, fiestas, infantiles, reuniones familiares complejas, amigas discriminadas, tremendos enojos, celos terribles, hermanas víboras, trapos de piso rosa muy largos, empanadas de carne y de humita: "las máximas"; Moscas y hasta rampas para espermatozoides, entre otras cosas y seres coloridos, olorosos y variopintos.

La imagen del objeto soñado y del objeto-ahora- iluminado se funden para dar lugar a reflexiones que no sabemos si fueron pensadas durante el sueño, al despertar o días después.

Yapa, no sólo es un libro de viaje a los sueños, sino también de despertares, sensaciones post-sueño y del acto fisiológico de soñar.

Los objetos soñados quieren echar raíces más cerca de nosotros, por ejemplo, aquí en esta mesa podrían estar sentados, y tendrían el mismo derecho a hablar sobre el libro: el Hombre que se convierte en Pantera Rosa, el Hijo Huevo de Pascua o Fideo Dedalito, algunos de los personajes de Yapa. Y eso es lo que estos personajes nos vienen a reclamar: que reconozcamos las múltiples realidades en las que vivimos y que desafían lo que suponemos "habitual": nuestras pesadillas no están en otra esfera sino aquí junto a nosotros.

Los poetas no queremos que nos pregunten qué quisimos decir, sino que quienes leen disfruten y valoren nuestros hallazgos, les otorguen un lugar en esta realidad. Una lectura de Yapa que intente decodificar símbolos no me parece recomendable. Yapa quiere otra cosa, que nos divirtamos, que nos asombremos.

Mientras leía estos textos, no sólo me divertí muchísimo, sino que sentí nostalgia del Italpark, del tren fantasma, ese dejarse llevar en el carrito, dejarse asustar por el esqueleto fluorescente o la araña de cotillón. Uno sabía... pero se dejaba...

Cuando recibí el libro en mi correo, me dijeron "este no es un libro de poemas".

Bueno, hoy voy a desmentir esa idea y no sé si la autora va estar de acuerdo. Claro que, no soy imparcial, escribo poesía y me gusta visitar los mismos basurales paradisíacos que a la Srta. T. Es verdad, que no importa el género, pero en este caso me parece importante aclararlo, porque tampoco Yapa es un libro de relatos de sueños, sino que fuc escrito con la actitud de un poeta. Sólo un poeta (en este caso, una poeta) podría haber escrito estos textos. La Srta. T no toma notas azarosas de lo que ve sino que hace que detengamos nuestra atención en situaciones y paisajes como estos que siguen:

"Bajamos por una de las montañitas asfaltadas que tiene la República de los Niños y vimos una gruta blanca, ojerosa, sucia, nos metimos y lo que había allí era un cementerio de niños"... Me gustaría pensar que las almas de los niños, en todo caso, se juntan para jugar entre ellas donde quieran, en la Repu, en la pile de alguna ciudad o en la calle"

"Eran trapos de piso rosas muy largos que desde la pared invadían todo el piso. Pero la duda que me distrajo fue cómo podían ser rosas si la pared estaba hongueada. Los trapos deberían haberse teñido de verde o negro. -¿Por qué se tiñeron de rosa? -Porque la pared del vecino está invadida por raíces y ramas de árboles que tienen flores rojas. Y como hay humedad, las flores rojas del vecino, tiñen de rosa mis trapos".

"Tenía 30 años pero el crecimiento en ella había resultado algo milagroso. Se le había estirado el cuerpo, como un spaguetti naciente pero conservaba la misma cara que tenia en su infancia".

En Yapa hay un trabajo de edición de los sueños. No sabemos si el que se nos presenta es el orden de lo soñado, sin embargo, las situaciones se hilvanan, e intuyo que a los sucesivos personajes se los estuvo observando para ver si reaparecían en algún otro sueño.

Yapa tiene un espíritu fresco, sincero, profundamente humano, que busca todo el tiempo con un lenguaje urbano y coloquial, hacernos cómplices.

Yapa estimula para que nosotros también tengamos libretita y lapicera bajo la almohada y anhela un mundo en el que nuestros sueños se entrecucen.

Dormirse sí,

pero abrir la puerta

para ir

a soñar.

Full Screem al sueño. Antolín.

FULL SCREEN al sueño

Anoche tuve un sueño muy raro en el que yo vivía en un hotel extranjero, encargaba comida todo el tiempo y había aumentado muchos kilos. Había perdido toda mi juventud, mi vida no tenía futuro, o ese era el futuro de mi vida, el que ahora no puedo ver de tan oscuro, y en verdad era un futuro muy dark, pero no me importaba. Ya casi nadie me reconocía, y los que sí podían, fingían no recordarme. Yo estaba muy solo en una ciudad ajena y en un país extraño. Consumía toneladas de comida de hotel, solo, en el comedor, en las cenas shows o en mi habitación de paredes alfombradas. Para que me dejaran en paz mentía a los conserjes diciendo que era un “AR” (artista reconocido) que había abandonado mi país para planear una futura Gran Obra, una instalación tan conceptual que explicaría todo lo que soy con sólo 2 o 3 elementos. Mientras, me dedicaba a componer mentalmente prólogos de libros que me habían gustado mucho a lo largo de mi vida. Yo era un prologuista mental muy feliz, no era para nada angustiante el sueño. Mi gordura también me hacía feliz. Me hacía sentir seguro.

El libro que tenía que prologar en mi sueño era uno rarísimo y divertido, un compendio de pesadillas de terror feliz de una chica llamada TD. Yo llevaba una copia vieja muy deteriorada del libro, impresa, fotocopiada y anillada con tapas transparentes; la llevaba a todas partes (es decir: del comedor al lobby y a la habitación, ya que nunca salía del hotel). No sé de dónde había sacado esa copia, porque el libro aún era inédito. Tal vez conociera a la autora en mi juventud y ella me lo había dado para prologar y nunca lo hice, nunca tuve tiempo, porque en esa época desperdiciaba mi vida con drogas fuertes, relaciones tormentosas y una carrera de artista posmoderno frustrada. Ahora que mi vida estaba acabada, que no tenía amigos ni pareja, ni trabajo ni grandes adicciones, tenía tiempo para realizar los encargos que de verdad habían sido importantes. También es posible que el libro no haya existido ni en mi sueño, que haya sido soñado dentro del propio sueño, es posible. En mi prólogo yo intentaba ser un analista profundo y dar muestra de mi cultura literaria, pero terminaba hablando en un lenguaje sucio y bastante pungui hasta para el medio literario independiente. Por ejemplo, incluía expresiones de cantitos de cancha, como : “TD sos lo más, esta noche te vine a alentar”, lo cual me convertía en un prologuista muy malo pero pasional. Yo era un barrabrava de sueños, un hincha que seguía a TD a todas partes; donde soñara le iba a hacer el aguante. Porque TD era un sentimiento. ¡TD era el DREAM TEAM! ¡TD era también DT! Entonces el prólogo por momentos se volvía un pogo violento de la banda de rock de mis sueños. TD era una chica metalera de sueños punks, y yo su fan número uno.

Pero a veces me rescataba e intentaba meter alguna referencia de la literatura onírica universal, comparaciones con libros perturbadores clásicos de terror personal, los más darks porque son los que más me gustan a mí. Obviamente que el libro de TD también era re dark, por eso me gustaba. Por ejemplo en mi prólogo mental yo decía que TD era como un protagonista de Kafka (pensaba en K. de “El Proceso”) pero bardero, que no se quedaba callado, ni se dejaba llevar de la nariz por el ritmo de las situaciones y los personajes de turno; al contrario, al caos TD metía más caos, más miedo, más crueldad y más conflicto. Y ahí es donde el contenido se volvía bien heavy, absolutamente yeah, baby! También decía que TD era más ansiosa y más zarpada que Alice in the Wonderland porque manejaba igual de bien que sus personajes / adversarios / amigos / amantes el arma que ellos también intentaban usar contra ella: la crueldad. Ante situaciones crueles Taty tomaba decisiones crueles: amenazaba, se iba a la mierda, amaba, peleaba, salvaba, besaba, cogía, se burlaba, se reía, conquistaba, escrachaba o pedía perdón. TD en sus sueños era como un animal salvaje imposible de domesticar, porque venía con toda la locura impotente de la realidad catastrófica (que ya es mucho más hardcore que los sueños) y de ese modo enloquecía a sus fantasmas, montaba zoológicos caseros para satisfacer impulsos maternales frustrados o empujaba recuerdos por el hueco de los ascensores. Violencia y autofé. ¡Aguante! Casanova, “AR” y bully de Colegio Nacional Buenos Aires. En la Second Life ya todo es posible. No hay que pedirle permiso a nadie. La vida real nos hace blandos y la vida en sueños nos hace duros.

Finalmente me desperté. Estaba siendo víctima de un interrogatorio por parte de los conserjes del hotel, un interrogatorio sobre mi situación personal, mi lugar de origen, el estado de mis cuentas, etc. Me desperté porque me estaban bardeando demasiado, y yo la verdad no me la banco mucho, yo abandono  en la etapa pre-pesadilla, soy tímido y reservado e intento tener un buen trato con los fantasmas de mi pasado.

Seguro que TD se habría ido corriendo del hotel sin pagar. Sí, ella hubiera hecho la suya.

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